jueves, 11 de septiembre de 2014

Un guiño a la niñez: Las Fábulas.


Si dirigimos la mirada hacia nuestra niñez, ¿Quién no se ha impregnado alguna vez de la filosofía de una Fábula de Samaniego y ha obtenido de ella una lección? Sí, aquello conocido como “moraleja”. Félix Mª de Samaniego buscó en ellas la función de enseñar a los jóvenes de las escuelas, su intención era hacer ameno el aprendizaje de estos. Como ejemplo, nos centraremos en el poema El pastor y el filósofo.

En el siglo XVIII, conocido como El Siglo de las Luces o La Ilustración, nos encontramos con la dificultad de encontrar alguna obra literaria que contenga temas de fantasía y superstición, puesto que ésta grandiosa etapa construyó sus pilares sobre la razón humana, es decir, todo aquello que fuera perceptible desde el punto de vista de la experiencia, excluyendo así todo lo irreal.

Pero, si profundizamos en las fábulas de Samaniego, podemos visualizar un retazo de fantasía que, posiblemente, en una primera ojeada no percibamos y que mezcla con la razón.

Haciendo un resumen de la fábula para adentrarnos en su análisis, encontramos que Samaniego nos presenta a un pastor que es muy feliz con su laboriosa vida en el campo y que es muy sabio. Un día, llega un filósofo y le pregunta que de dónde ha obtenido tanta sabiduría, si acaso él se ha empapado de libros y maestros importantes, a lo que el pastor responde:

«Ni las letras seguí, ni como Ulises
(Humildemente respondió el anciano), 
Discurrí por incógnitos países.
Sé que el género humano
En la escuela del mundo lisonjero 
Se instruye en el doblez y la patraña. 
Con la ciencia que engaña
¿Quién podrá hacerse sabio verdadero? 
Lo poco que yo sé me lo ha enseñado 
Naturaleza en fáciles lecciones:
Un odio firme al vicio me ha inspirado, 
Ejemplos de virtud da a mis acciones. 
Aprendí de la abeja lo industrioso,
Y de la hormiga, que en guardar se afana, 
A pensar en el día de mañana.
Mi mastín, el hermoso 
Y fiel sin semejante,
De gratitud y lealtad constante 
Es el mejor modelo,
Y si acierto a copiarle, me consuelo. 
Si mi nupcial amor lecciones toma, 
Las encuentra en la cándida paloma. 
La gallina a sus pollos abrigando 
Con sus piadosas alas como madre, 
Y las sencillas aves aun volando,
Me prestan reglas para ser buen padre. 
Sabia naturaleza, mi maestra,
Lo malo y lo ridículo me muestra 
Para hacérmelo odioso.
Jamás hablo a las gentes
Con aire grave, tono jactancioso, 
Pues saben los prudentes
Que, lejos de ser sabio el que así hable, 
Será un búho solemne, despreciable. 
Un hablar moderado,
Un silencio oportuno
En mis conversaciones he guardado. 
El hablador molesto e importuno 
Es digno de desprecio.
Quien escuche a la urraca será un necio. 
A los que usan la fuerza y el engaño 
Para el ajeno daño,
Y usurpan a los otros su derecho, 
Los debe aborrecer un noble pecho. 
Únanse con los lobos en la caza, 
Con milanos y halcones,
Con la maldita serpentina raza, 
Caterva de carnívoros ladrones.
Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados 
Ni aún merecen tener esos aliados.
No hay dañino animal tan peligroso 
Como el usurpador y el envidioso. 
Por último, en el libro interminable 
De la naturaleza yo medito;
En todo lo creado es admirable: 
Del ente más sencillo y pequeñito 
Una contemplación profunda alcanza 
Los más preciosos frutos de enseñanza.»

Samaniego da personalidad de hombre a los animales. Esto podría venir de una tradición de origen hindú, en la que se cree en la reencarnación y en la metempsícosis, es decir, los hindúes creían ver el alma y el espíritu humano de los hombres ya fallecidos en los animales, por eso, estos son capaces de recibir estos caracteres.
Por otra parte, Samaniego crece en un ambiente muy natural, lo que le conlleva a escribir sobre los animales más familiarizados con él y a la defensa de todos ellos bajo cualquier concepto.

Lo fantástico en este caso podríamos encontrarlo en que Samaniego tiene la particularidad de hacer que cada animal nos muestre una enseñanza, lo personifique y que el ojo humano ya no lo visualice como un simple animal sin adjetivo, sino que nuestra mente nos hace convertirlo en un instructor para la vida.
También hace referencia a Ulises, un guiño a la mitología y al mundo clásico que en otras de sus obras es muy constante, haciendo referencia en repetidas ocasiones.

A la hora de mezclarlo con la razón, vemos la aparición del filósofo, personaje que tanto se presta a la reflexión y a la sentencia, y que termina así el poema, cuadrándolo con la sociedad racional de la época:

«Tu virtud acredita, buen anciano 
(El Filósofo exclama),
Tu ciencia verdadera y justa fama. 
Vierte el género humano
En sus libros y escuelas sus errores; 
En preceptos mejores
Nos da naturaleza su doctrina. 
Así quien sus verdades examina 
Con la meditación y la experiencia, 
Llegará a conocer virtud y ciencia.»

Vemos que sus formas son sencillas, puesto que, como el mismo autor explicaba “Si en algo he empleado casi nimiamente mi atención, ha sido en hacer versos fáciles hasta acomodarlos, según mi entender, a la comprensión de los muchachos. Que alguna vez parezca mi estilo, no solo humilde, sino aun bajo, malo es; mas ¿no sería muchísimo peor que, haciéndolo incomprensible a los niños, ocupasen estos su memoria con inútiles coplas?”

Respecto a la métrica, Samaniego decía: “En cuanto al metro no guardo uniformidad: no es esencial a la fábula, como no lo es al epigrama y a la lira, que admiten infinita variedad de metros. En los apólogos hay tanta inconexión de uno a otro como en las liras y epigramas. Con la variedad de metros he procurado huir de aquel monotonismo que adormeces los sentidos y se opone a la varia armonía que tanto deleita el ánimo y aviva la atención.” Y añadía: “Verdad es que se hallará en mis versos gran copia de endecasílabos pareados con la alternativa de pies quebrados o de siete sílabas; pero me he acomodado a preferir su frecuente uso al de otros metros, por la ventaja que no tienen los de estancia más largas”.

Pienso que los poemas de este autor son muy valiosos ya que proporcionan un cabalgamiento entre lo irreal y la experiencia, las dos vertientes características de la época, enfrentadas entre sí que logran ir de la mano en estos versos.


Son innumerables las veces que, tanto tiempo después, a día de hoy, son leídas estas fábulas en las escuelas y lanzado con ellas el mensaje que Félix Mª deseaba, aunque, si profundizamos en su vida, descubriremos que fue un trabajo que él hizo de forma obligatoria, no por placer. Vemos en ellas una magia distinta, la de la inmortalidad de las letras frente al paso del tiempo, algo que para cualquier autor, escapa a la razón cuando comienza su obra pero que, sin embargo, lo anhela con toda su alma.


Un guiño a la niñez: Las Fábulas.


Si dirigimos la mirada hacia nuestra niñez, ¿Quién no se ha impregnado alguna vez de la filosofía de una Fábula de Samaniego y ha obtenido de ella una lección? Sí, aquello conocido como “moraleja”. Félix Mª de Samaniego buscó en ellas la función de enseñar a los jóvenes de las escuelas, su intención era hacer ameno el aprendizaje de estos. Como ejemplo, nos centraremos en el poema El pastor y el filósofo.

En el siglo XVIII, conocido como El Siglo de las Luces o La Ilustración, nos encontramos con la dificultad de encontrar alguna obra literaria que contenga temas de fantasía y superstición, puesto que ésta grandiosa etapa construyó sus pilares sobre la razón humana, es decir, todo aquello que fuera perceptible desde el punto de vista de la experiencia, excluyendo así todo lo irreal.

Pero, si profundizamos en las fábulas de Samaniego, podemos visualizar un retazo de fantasía que, posiblemente, en una primera ojeada no percibamos y que mezcla con la razón.

Haciendo un resumen de la fábula para adentrarnos en su análisis, encontramos que Samaniego nos presenta a un pastor que es muy feliz con su laboriosa vida en el campo y que es muy sabio. Un día, llega un filósofo y le pregunta que de dónde ha obtenido tanta sabiduría, si acaso él se ha empapado de libros y maestros importantes, a lo que el pastor responde:

«Ni las letras seguí, ni como Ulises
(Humildemente respondió el anciano), 
Discurrí por incógnitos países.
Sé que el género humano
En la escuela del mundo lisonjero 
Se instruye en el doblez y la patraña. 
Con la ciencia que engaña
¿Quién podrá hacerse sabio verdadero? 
Lo poco que yo sé me lo ha enseñado 
Naturaleza en fáciles lecciones:
Un odio firme al vicio me ha inspirado, 
Ejemplos de virtud da a mis acciones. 
Aprendí de la abeja lo industrioso,
Y de la hormiga, que en guardar se afana, 
A pensar en el día de mañana.
Mi mastín, el hermoso 
Y fiel sin semejante,
De gratitud y lealtad constante 
Es el mejor modelo,
Y si acierto a copiarle, me consuelo. 
Si mi nupcial amor lecciones toma, 
Las encuentra en la cándida paloma. 
La gallina a sus pollos abrigando 
Con sus piadosas alas como madre, 
Y las sencillas aves aun volando,
Me prestan reglas para ser buen padre. 
Sabia naturaleza, mi maestra,
Lo malo y lo ridículo me muestra 
Para hacérmelo odioso.
Jamás hablo a las gentes
Con aire grave, tono jactancioso, 
Pues saben los prudentes
Que, lejos de ser sabio el que así hable, 
Será un búho solemne, despreciable. 
Un hablar moderado,
Un silencio oportuno
En mis conversaciones he guardado. 
El hablador molesto e importuno 
Es digno de desprecio.
Quien escuche a la urraca será un necio. 
A los que usan la fuerza y el engaño 
Para el ajeno daño,
Y usurpan a los otros su derecho, 
Los debe aborrecer un noble pecho. 
Únanse con los lobos en la caza, 
Con milanos y halcones,
Con la maldita serpentina raza, 
Caterva de carnívoros ladrones.
Mas ¡qué dije! Los hombres tan malvados 
Ni aún merecen tener esos aliados.
No hay dañino animal tan peligroso 
Como el usurpador y el envidioso. 
Por último, en el libro interminable 
De la naturaleza yo medito;
En todo lo creado es admirable: 
Del ente más sencillo y pequeñito 
Una contemplación profunda alcanza 
Los más preciosos frutos de enseñanza.»

Samaniego da personalidad de hombre a los animales. Esto podría venir de una tradición de origen hindú, en la que se cree en la reencarnación y en la metempsícosis, es decir, los hindúes creían ver el alma y el espíritu humano de los hombres ya fallecidos en los animales, por eso, estos son capaces de recibir estos caracteres.
Por otra parte, Samaniego crece en un ambiente muy natural, lo que le conlleva a escribir sobre los animales más familiarizados con él y a la defensa de todos ellos bajo cualquier concepto.

Lo fantástico en este caso podríamos encontrarlo en que Samaniego tiene la particularidad de hacer que cada animal nos muestre una enseñanza, lo personifique y que el ojo humano ya no lo visualice como un simple animal sin adjetivo, sino que nuestra mente nos hace convertirlo en un instructor para la vida.
También hace referencia a Ulises, un guiño a la mitología y al mundo clásico que en otras de sus obras es muy constante, haciendo referencia en repetidas ocasiones.

A la hora de mezclarlo con la razón, vemos la aparición del filósofo, personaje que tanto se presta a la reflexión y a la sentencia, y que termina así el poema, cuadrándolo con la sociedad racional de la época:

«Tu virtud acredita, buen anciano 
(El Filósofo exclama),
Tu ciencia verdadera y justa fama. 
Vierte el género humano
En sus libros y escuelas sus errores; 
En preceptos mejores
Nos da naturaleza su doctrina. 
Así quien sus verdades examina 
Con la meditación y la experiencia, 
Llegará a conocer virtud y ciencia.»

Vemos que sus formas son sencillas, puesto que, como el mismo autor explicaba “Si en algo he empleado casi nimiamente mi atención, ha sido en hacer versos fáciles hasta acomodarlos, según mi entender, a la comprensión de los muchachos. Que alguna vez parezca mi estilo, no solo humilde, sino aun bajo, malo es; mas ¿no sería muchísimo peor que, haciéndolo incomprensible a los niños, ocupasen estos su memoria con inútiles coplas?”

Respecto a la métrica, Samaniego decía: “En cuanto al metro no guardo uniformidad: no es esencial a la fábula, como no lo es al epigrama y a la lira, que admiten infinita variedad de metros. En los apólogos hay tanta inconexión de uno a otro como en las liras y epigramas. Con la variedad de metros he procurado huir de aquel monotonismo que adormeces los sentidos y se opone a la varia armonía que tanto deleita el ánimo y aviva la atención.” Y añadía: “Verdad es que se hallará en mis versos gran copia de endecasílabos pareados con la alternativa de pies quebrados o de siete sílabas; pero me he acomodado a preferir su frecuente uso al de otros metros, por la ventaja que no tienen los de estancia más largas”.

Pienso que los poemas de este autor son muy valiosos ya que proporcionan un cabalgamiento entre lo irreal y la experiencia, las dos vertientes características de la época, enfrentadas entre sí que logran ir de la mano en estos versos.


Son innumerables las veces que, tanto tiempo después, a día de hoy, son leídas estas fábulas en las escuelas y lanzado con ellas el mensaje que Félix Mª deseaba, aunque, si profundizamos en su vida, descubriremos que fue un trabajo que él hizo de forma obligatoria, no por placer. Vemos en ellas una magia distinta, la de la inmortalidad de las letras frente al paso del tiempo, algo que para cualquier autor, escapa a la razón cuando comienza su obra pero que, sin embargo, lo anhela con toda su alma.


La Regenta: capítulo XXVI


            En esta entrada trataremos de analizar el capítulo XXVI de la obra La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”, en concreto, el fragmento de «El jueves Santo llegó con una noticia que había de hacer época en los anales de Vetusta, anales que por cierto escribía con gran cachaza un profesor del Instituto, autor también de unos comentarios acerca de la jota Aragonesa. 
En casa de Vegallana la tal noticia estalló como una bomba», hasta:
«Una hora antes de obscurecer salió la procesión del Entierro de la iglesia de San Isidro».

            La Regenta es una obra que se encuentra entre el Realismo y el Naturalismo, aunque los elementos del primero parecen predominar frente a los del segundo. La Regenta constituye uno de los principales modelos de la novela realista española, sin embargo, dado que Clarín tuvo contacto cercano con la literatura naturalista y la obra de Émile Zola, esta influencia se ve claramente reflejada en su obra.



            Nos encontramos con un narrador omnisciente, heterodiegético con voz en 3ª persona. Este tipo de narrador es el prototipo de narrador realista, que persigue una explicación total del mundo. Por otro lado, el contexto es el pueblo de Vetusta durante la Semana Santa, un procedimiento propio, de nuevo, del Realismo: se nos ofrece un espacio y un tiempo determinados que incrementan la sensación de realidad.

            El capítulo se encuentra en la segunda parte de dicha novela, y la acción del fragmento a analizar comienza con la conversación de la Marquesa y unas amigas, conversación en la que vemos reflejada el pensamiento de la sociedad del momento: Ana Ozores se dispone a salir en penitencia vestida de nazarena y descalza en la procesión del Viernes Santo, una noticia que resuena en la toda la ciudad de Vetusta: «La noticia estalló como una bomba». Todos piensan que Ana está loca y la critican: «vestirse de mamarracho y darse en espectáculo», «¿y el traje? ¿cómo es el traje?» «¿dónde ha visto ella a nadie hacer esas diabluras?».

            Clarín representa un trozo de vida de la ciudad vetustense en un tiempo litúrgico, siendo este pasaje muy representativo de la ciudad por ser muy religiosa. Además, para conseguir el efecto de realidad los autores realistas hacen alusiones a realidades conocidas por todos. En este fragmento en concreto, aparece nombrada la ciudad de Zaragoza y también se leen algunas referencias a Rossini, un cantante de ópera italiano conocido en la época, todo ello con el objetivo de dotar de veracidad a la obra.

            En cuanto a los elementos naturalistas, a veces encontramos ambientes degradados donde el autor muestra lo peor del ser humano como es la hipocresía de la ciudad de Vetusta. Más allá, la tesis fundamental del naturalismo que sostiene que el ser humano está condicionado por su herencia biológica y por el medio en el que vive, se asienta en esta obra, donde vemos cómo Ana es presa de su naturaleza y de su situación sin que pueda poner remedio.



            Para concluir, podemos decir que en este fragmento, cercano al final de la obra, el  conflicto interior de Ana sigue sin estar resuelto dado que sigue entrando y saliendo de la religiosidad sin estar segura de nada de lo que hace.
            Finalmente, este capítulo representa el triunfo del Magistral que logrará no solo confesar a Guimarán sino además un nuevo acercamiento de la Regenta.