jueves, 12 de junio de 2014

Ana y el sexo.

No, no vamos a hablar de una secuela de la archiconocida película de Julio Medem, pero este título nos va a llevar a tratar una arista más de la compleja Ana Ozores, protagonista indiscutible de La Regenta (1884).

Muchas veces se ha relacionado a nuestra Ana Ozores con otras ilustres adúlteras de la literatura decimonónica, figuras no menos interesantes y complejas: Emma Bovary, Ana Karenina, o la portuguesa Luisa, de El primo Basilio (1878), quizás menos conocida.


En ocasiones, se las ha querido relacionar con el arquetipo de la ‘femme fatale’, con mayor o menor acierto, y acaso es verdad que puedan ser una reinterpretación del mito de la mujer fatal, en estos casos olvidando por completo el carácter malvado y maquiavélico, y el pretendido uso de la sexualidad que tendrán estas.


Comparte con la ‘mujer fatal’ la belleza eclipsante y el despertar del deseo sexual en el género masculino vetustense, a la par que las envidias en la parte femenina. Sin embargo, no usará sus atributos femeninos para beneficiarse de nada, sino que, al contrario, rechazará su feminidad natural y optará por una impostura que le permita situarse por encima de la sociedad vetustense, como una mártir santa y espiritual.  

Más que mujeres fatales, son mujeres a las que su feminidad las lleva a la fatalidad; mujeres, en especial Ana Ozores, que se debaten entre lo moralmente correcto y sus instintos, que buscan corresponder un amor y que por desobedecer  el dogma serán duramente castigadas por la sociedad.

Ana (la llamaré así, puesto que tras más de 700 páginas nos podemos tomar ciertas confianzas) es una mujer profundamente insatisfecha en todos los ámbitos de la vida; lo tiene todo de cara a la galería, pero todo le falta física y espiritualmente. Sus carencias eróticas y espirituales la llevan a frecuentar la compañía de dos hombres que se erigirán como enemigos y competidores ante el amor de Ana: Don Fermín, el magistral, y Don Álvaro Mesía.


Si la comparamos con Emma de ‘Madame Bovary’ encontramos algunas diferencias que nos muestran la enorme complejidad del personaje de Ana Ozores, sobre todo en el aspecto sexual, tamizado siempre por lo moralmente correcto.

Encontramos que ambas comparten ser mujeres burguesas, acomodadas, que inician una relación adúltera por necesidades afectivas que acaba con un castigo por parte de la sociedad burguesa; en el caso de Emma la llevará al suicidio, en el de Ana a caer al fango de la vulgaridad vetustense.

Ahora bien, en el caso de Ana, el conflicto entre relaciones afectivas y su valoración moral se llevará a cabo en la propia conciencia de Ana, que a lo largo de toda la obra se debatirá entre la caída en el deseo (sus necesidades afectivas), y su inmolación como santa pía y virgen (sus necesidades espirituales). En medio quedará su papel más puramente social, como mujer del regente, que pasará a considerarse un mero ‘status quo’ en la lucha entre lo bueno y lo malo, lo sexual y lo pío; en definitiva, entre Fermín de Pas y Álvaro Mesía.

Podemos apreciar esta continua lucha interna en el siguiente fragmento:

“… la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía todos los buenos propósitos de Ana la devota, la hermana humilde y cariñosa del Magistral”.

No obstante, el descubrimiento por parte de la Regenta de los oscuros deseos carnales que se esconden tras el acompañamiento espiritual de su “compañero espiritual” Fermín de Pas la precipitarán a los brazos de Álvaro Mesía, llevándola al adulterío, y paradójicamente, esta satisfacción de sus deseos sexuales, de su feminidad (que desde el principio de la obra se manifiesta por medio de las crisis) la lleva a ser como el resto, dejando de ser “la virgen de Vetusta”, metáfora más que visible en el capítulo XXVI de la obra.

El tratamiento de la figura de Ana y su sexualidad nos puede ofrecer un botón de los usos sexuales de la burguesía del siglo XIX. Así, nos encontramos con un mundo lleno de hipocresía, donde el sexo  es una mancha que se debe esconder de cara a la galería, pero que en muchos casos será uno de los motores sociales (siempre lo ha sido. Fermín y Álvaro se mueven socialmente para buscar encuentros con Ana, y este último medra por medio de la seducción de mujeres con poder).


Ana pronto aprende esta lección – gracias al episodio de la barca- y desde ese momento reprime sus instintos sexuales, que de uno u otra forma, habrían de explotar.

Ana y el sexo.

No, no vamos a hablar de una secuela de la archiconocida película de Julio Medem, pero este título nos va a llevar a tratar una arista más de la compleja Ana Ozores, protagonista indiscutible de La Regenta (1884).

Muchas veces se ha relacionado a nuestra Ana Ozores con otras ilustres adúlteras de la literatura decimonónica, figuras no menos interesantes y complejas: Emma Bovary, Ana Karenina, o la portuguesa Luisa, de El primo Basilio (1878), quizás menos conocida.


En ocasiones, se las ha querido relacionar con el arquetipo de la ‘femme fatale’, con mayor o menor acierto, y acaso es verdad que puedan ser una reinterpretación del mito de la mujer fatal, en estos casos olvidando por completo el carácter malvado y maquiavélico, y el pretendido uso de la sexualidad que tendrán estas.


Comparte con la ‘mujer fatal’ la belleza eclipsante y el despertar del deseo sexual en el género masculino vetustense, a la par que las envidias en la parte femenina. Sin embargo, no usará sus atributos femeninos para beneficiarse de nada, sino que, al contrario, rechazará su feminidad natural y optará por una impostura que le permita situarse por encima de la sociedad vetustense, como una mártir santa y espiritual.  

Más que mujeres fatales, son mujeres a las que su feminidad las lleva a la fatalidad; mujeres, en especial Ana Ozores, que se debaten entre lo moralmente correcto y sus instintos, que buscan corresponder un amor y que por desobedecer  el dogma serán duramente castigadas por la sociedad.

Ana (la llamaré así, puesto que tras más de 700 páginas nos podemos tomar ciertas confianzas) es una mujer profundamente insatisfecha en todos los ámbitos de la vida; lo tiene todo de cara a la galería, pero todo le falta física y espiritualmente. Sus carencias eróticas y espirituales la llevan a frecuentar la compañía de dos hombres que se erigirán como enemigos y competidores ante el amor de Ana: Don Fermín, el magistral, y Don Álvaro Mesía.


Si la comparamos con Emma de ‘Madame Bovary’ encontramos algunas diferencias que nos muestran la enorme complejidad del personaje de Ana Ozores, sobre todo en el aspecto sexual, tamizado siempre por lo moralmente correcto.

Encontramos que ambas comparten ser mujeres burguesas, acomodadas, que inician una relación adúltera por necesidades afectivas que acaba con un castigo por parte de la sociedad burguesa; en el caso de Emma la llevará al suicidio, en el de Ana a caer al fango de la vulgaridad vetustense.

Ahora bien, en el caso de Ana, el conflicto entre relaciones afectivas y su valoración moral se llevará a cabo en la propia conciencia de Ana, que a lo largo de toda la obra se debatirá entre la caída en el deseo (sus necesidades afectivas), y su inmolación como santa pía y virgen (sus necesidades espirituales). En medio quedará su papel más puramente social, como mujer del regente, que pasará a considerarse un mero ‘status quo’ en la lucha entre lo bueno y lo malo, lo sexual y lo pío; en definitiva, entre Fermín de Pas y Álvaro Mesía.

Podemos apreciar esta continua lucha interna en el siguiente fragmento:

“… la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento, gritaba desde el fondo de las entrañas, y sus gritos se oían por todo el cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se comía todos los buenos propósitos de Ana la devota, la hermana humilde y cariñosa del Magistral”.

No obstante, el descubrimiento por parte de la Regenta de los oscuros deseos carnales que se esconden tras el acompañamiento espiritual de su “compañero espiritual” Fermín de Pas la precipitarán a los brazos de Álvaro Mesía, llevándola al adulterío, y paradójicamente, esta satisfacción de sus deseos sexuales, de su feminidad (que desde el principio de la obra se manifiesta por medio de las crisis) la lleva a ser como el resto, dejando de ser “la virgen de Vetusta”, metáfora más que visible en el capítulo XXVI de la obra.

El tratamiento de la figura de Ana y su sexualidad nos puede ofrecer un botón de los usos sexuales de la burguesía del siglo XIX. Así, nos encontramos con un mundo lleno de hipocresía, donde el sexo  es una mancha que se debe esconder de cara a la galería, pero que en muchos casos será uno de los motores sociales (siempre lo ha sido. Fermín y Álvaro se mueven socialmente para buscar encuentros con Ana, y este último medra por medio de la seducción de mujeres con poder).


Ana pronto aprende esta lección – gracias al episodio de la barca- y desde ese momento reprime sus instintos sexuales, que de uno u otra forma, habrían de explotar.

viernes, 6 de junio de 2014

Cuentos entre penumbras, Romanticismo

Al hablar de Romanticismo nos referimos a ese movimiento cultural y literario que defiende que la razón no es la explicación a todo, como ocurría en la Ilustración, si no que existe un mundo paralelo al que ésta no puede acceder y en el que es posible la aparición de lo fantástico y sobrenatural. Así podemos verlo en sus escritos, donde el autor es considerado un auténtico genio creador que ayuda a descifrar esa realidad que la razón no puede explicar.



En este período aparece una literatura muy atrayente para todas las clases sociales. Es aquella en la aparece lo sobrenatural, el espectro, la noche oscura y tenebrosa, cementerios, calaveras, misterios… Una literatura que dista mucho de lo anterior conocido y que creará una realidad llena de supersticiones y miedos olvidados por la sociedad española.

El cuento toma protagonismo en varias ediciones de periódicos y revistas, ocupándolas casi por completo, puesto que era lo que la sociedad deseaba leer. Es así, como en el tomo IV de la revista Cartas españolas, en 1832, aparece publicado bajo la firma de “El Solitario”, Los tesoros de la Alhambra.

“Ayer al asomar la noche, recogía el fresco por el puente último que lleva al Abellano, y donde viene también a dar la senda que conduce a las espaldas de la Alhambra. Solitario el sitio, y la hora a propósito, me dejaba ir en alas de mis devaneos, cuando una voz cercana a mí en extremo me sacó de mis ensueños, diciéndome: "¿Eres valiente? Quieres hacer fortuna? Volví los ojos y me encontré á dos pasos con un soldado de mas que alta estatura, con morrión de cresta, con gola y vestes azules, con el rostro no desagradable pero pálido y ceniciento, y con la voz si bien honda y tristísima nada desapacible. Llevaba terciada la espada del hombro, y en la mano apoyaba la pica oscura pero de hierro muy luciente.

Al darnos de bruces con semejante escritura, nuestra mente hace un recorrido por las obras ya conocidas, y nos sitúa frente a frente con El estudiante de Salamanca. No es complejo adivinar tal obra ente otras tantas, pues la situación del lugar, la noche, la aparición, el ambiente… nos hace situarnos en otro contexto muy parecido pero con distintos personajes: Nuestro querido caballero Don Félix de Montemar ante el espectro de la bella Elvira, que lo llama desde el inframundo para salvarle la eternidad.
Si comparamos dichas escenas descubrimos las similitud en los parajes; puertas de hierro, frío, noche, bruma, sonidos inquietantes… más si enfrentamos dichas historias, vemos como la tragedia hace mella en ambas, como la eternidad errante, pesada, se hace presente, es como un peso que ahoga al personaje e incluso al lector, una angustia que no deja respirar rodeado de esos árboles emitiendo sonidos sepulcrales con desconocido emisor.

En Los tesoros de la Alhambra, el espectro cuenta a Don Carlos, protagonista de la historia, que él tiene como misión guardar los tesoros de los moros por toda la eternidad, pero que cada tres años tiene la oportunidad de salir de su encadenamiento y buscar a alguien que lo sustituya. Don Carlos, asume por completo la historia, cegado por custodiar tales tesoros, pero éste no conseguirá ser el nuevo guardián y la ambición por esa riqueza lo llevará a la más pura enajenación, incluso a la muerte, siendo sus últimas palabras: “¡Los tesoros de la Alhambra!”.



De nuevo vemos en ambos personajes la osadía, el anhelo de poder, la creencia de ser inmortal y ser capaz de todo, ya que de esta misma manera se paseaba Don Félix de Montemar por las calles de Salamanca, haciendo estragos aquí y allá, creando un poder falso que solo lo conduciría a la muerte y al no descanso eterno.

Cuentos entre penumbras, Romanticismo

Al hablar de Romanticismo nos referimos a ese movimiento cultural y literario que defiende que la razón no es la explicación a todo, como ocurría en la Ilustración, si no que existe un mundo paralelo al que ésta no puede acceder y en el que es posible la aparición de lo fantástico y sobrenatural. Así podemos verlo en sus escritos, donde el autor es considerado un auténtico genio creador que ayuda a descifrar esa realidad que la razón no puede explicar.



En este período aparece una literatura muy atrayente para todas las clases sociales. Es aquella en la aparece lo sobrenatural, el espectro, la noche oscura y tenebrosa, cementerios, calaveras, misterios… Una literatura que dista mucho de lo anterior conocido y que creará una realidad llena de supersticiones y miedos olvidados por la sociedad española.

El cuento toma protagonismo en varias ediciones de periódicos y revistas, ocupándolas casi por completo, puesto que era lo que la sociedad deseaba leer. Es así, como en el tomo IV de la revista Cartas españolas, en 1832, aparece publicado bajo la firma de “El Solitario”, Los tesoros de la Alhambra.

“Ayer al asomar la noche, recogía el fresco por el puente último que lleva al Abellano, y donde viene también a dar la senda que conduce a las espaldas de la Alhambra. Solitario el sitio, y la hora a propósito, me dejaba ir en alas de mis devaneos, cuando una voz cercana a mí en extremo me sacó de mis ensueños, diciéndome: "¿Eres valiente? Quieres hacer fortuna? Volví los ojos y me encontré á dos pasos con un soldado de mas que alta estatura, con morrión de cresta, con gola y vestes azules, con el rostro no desagradable pero pálido y ceniciento, y con la voz si bien honda y tristísima nada desapacible. Llevaba terciada la espada del hombro, y en la mano apoyaba la pica oscura pero de hierro muy luciente.

Al darnos de bruces con semejante escritura, nuestra mente hace un recorrido por las obras ya conocidas, y nos sitúa frente a frente con El estudiante de Salamanca. No es complejo adivinar tal obra ente otras tantas, pues la situación del lugar, la noche, la aparición, el ambiente… nos hace situarnos en otro contexto muy parecido pero con distintos personajes: Nuestro querido caballero Don Félix de Montemar ante el espectro de la bella Elvira, que lo llama desde el inframundo para salvarle la eternidad.
Si comparamos dichas escenas descubrimos las similitud en los parajes; puertas de hierro, frío, noche, bruma, sonidos inquietantes… más si enfrentamos dichas historias, vemos como la tragedia hace mella en ambas, como la eternidad errante, pesada, se hace presente, es como un peso que ahoga al personaje e incluso al lector, una angustia que no deja respirar rodeado de esos árboles emitiendo sonidos sepulcrales con desconocido emisor.

En Los tesoros de la Alhambra, el espectro cuenta a Don Carlos, protagonista de la historia, que él tiene como misión guardar los tesoros de los moros por toda la eternidad, pero que cada tres años tiene la oportunidad de salir de su encadenamiento y buscar a alguien que lo sustituya. Don Carlos, asume por completo la historia, cegado por custodiar tales tesoros, pero éste no conseguirá ser el nuevo guardián y la ambición por esa riqueza lo llevará a la más pura enajenación, incluso a la muerte, siendo sus últimas palabras: “¡Los tesoros de la Alhambra!”.



De nuevo vemos en ambos personajes la osadía, el anhelo de poder, la creencia de ser inmortal y ser capaz de todo, ya que de esta misma manera se paseaba Don Félix de Montemar por las calles de Salamanca, haciendo estragos aquí y allá, creando un poder falso que solo lo conduciría a la muerte y al no descanso eterno.

lunes, 2 de junio de 2014

Un canto al trabajo. «En alabanza de un carpintero llamado Alfonso»; de Nicolas Álvarez de Cienfuegos.

Es sabido por todos la concepción que del trabajo ha tenido la aristocracia europea, y en especial la española, desde que esta se constituyera como tal. El desprecio al trabajo manual como una actividad indecorosa e inútil fue una idea desarrollada por la civilización occidental –y también la semítica, pues así se refleja en la Biblia- durante siglos. Así, el sistema social se basaba en una clase social alta que dedicaba sus esfuerzos a un ocio recreativo o a actividades intelectuales, sustentada por un cuerpo de esclavos o súbditos que realizaban un trabajo manual, visto como una actividad deleznable.

Jean François Millet
El triunfo de la burguesía, grupo social que ha conseguido su posición por medio del trabajo, va a suponer que la visión del trabajo vaya a ir cambiando, considerándose como un elemento positivo, que hará al hombre más completo, y que según la filosofía alemana del siglo XIX, será la principal razón de ser del hombre.
El proceso ideológico que hará posible que la concepción del trabajo cambie de una manera tan drástica de un siglo a otro, puesto que este cambio se perpetuará principalmente entre los siglos XVII y XVIII, se verá ayudado de una serie de recursos no solo sociales, sino también literarios. Uno de ellos consistirá en la idealización literaria del trabajo como actividad moral.

En la poesía del siglo XVIII español vamos a encontrar cómo los moralistas españoles criticarán al aristócrata inútil, que dedica su vida a placeres hedonistas y no sirve de ejemplo de trabajo (aunque este sea intelectual). Observamos esta crítica en los versos de Jovellanos, procedentes de la sátira a Arnesto:

Ni el sudor frío, ni el hedor, ni el rancio
eructo le perturban. A su hora
despierta el necio; silencioso deja
la profanada holanda, y guarda atento
a su asesina el sueño mal seguro.

Del mismo modo, junto a esta crítica al noble inútil, se desarrollará una alabanza al campesino y al trabajador que dedica sus esfuerzos a crear una mejor sociedad, a cumplir su papel en ella con moralidad y rectitud. Este es el caso del carpintero Alfonso, protagonista del poema.  «En alabanza de un carpintero llamado Alfonso»; de Nicolas Álvarez de Cienfuegos.

Este poema forma parte de lo que consideramos neoclasicismo heterodoxo, puesto que aunque mantiene una temática dogmática y moralista, con un claro interés por la divulgación de las ideas ilustradas, se divulgará una idea aún mal vista por la ortodoxia aristocrática, como era el alabar el trabajo puramente manual, y podemos decir, “proletario”.

San José, carpintero. Georges La Tour
Del mismo modo, hay mayor laxitud en los esquemas métricos, que van a tender al prosaísmo, en este caso se recurre a una mezcla de endecasílabos y heptasílabos, además de la introducción de un léxico algo más coloquial del que se manifestaba en la lírica ortodoxa neoclásica.

En el poema, realiza un canto al obrero, en ocasiones casi revolucionario, en el que se alaba su esfuerzo sin llegar al punto de animarlo a sublevarse, como se hará en el siglo siguiente. No obstante, ciertos fragmentos parecen casi subversivos:

Fue usurpación, que la verdad nublando, A
distinciones halló do sus horrores B
se ilustrasen. Por ella la nobleza, C
del ocioso poder la frente alzando, A
dijo al pobre: soy más; a los sudores   B 

el cielo te crió; tú en la pobreza, C
yo en rico poderío, D
tu destino es servir, mandar el mío. D

Así, Cienfuegos reivindicará el papel del carpintero, que pese a que trabaja y es más moral que los nobles, no recibe más que desgracias como premio por su trabajo. Cabría añadir que la elección de la profesión del carpintero no me parece casual para iniciar la idealización del trabajo manual, sino que más bien es buscada, ya que esta figura tiene antecedentes idealizados en una de las obras literarias más conocidas en el mundo occidental: la Biblia.

En el siguiente fragmento, y a modo de colofón, reproducimos un fragmento de la obra en la que se aprecia la alabanza de Cienfuegos al carpintero:

ved entre los anhelos trabajosos,
el hambre y el oprobio sempiterno,
un Carpintero vil; inestimable
tesoro en él se encierra:
es la imagen de Dios, Dios en la tierra.     160
Es el hombre de bien; oscurecido
en miseria fatal, nubes espesas
su virtud anublaron, despremiada
su difícil virtud. Si enardecido
de la fama al clarín arduas empresas     165
obra el héroe, su alma es sustentada
con gloriosa esperanza;
mas la oscura virtud ¿qué premio alcanza?



Un canto al trabajo. «En alabanza de un carpintero llamado Alfonso»; de Nicolas Álvarez de Cienfuegos.

Es sabido por todos la concepción que del trabajo ha tenido la aristocracia europea, y en especial la española, desde que esta se constituyera como tal. El desprecio al trabajo manual como una actividad indecorosa e inútil fue una idea desarrollada por la civilización occidental –y también la semítica, pues así se refleja en la Biblia- durante siglos. Así, el sistema social se basaba en una clase social alta que dedicaba sus esfuerzos a un ocio recreativo o a actividades intelectuales, sustentada por un cuerpo de esclavos o súbditos que realizaban un trabajo manual, visto como una actividad deleznable.

Jean François Millet
El triunfo de la burguesía, grupo social que ha conseguido su posición por medio del trabajo, va a suponer que la visión del trabajo vaya a ir cambiando, considerándose como un elemento positivo, que hará al hombre más completo, y que según la filosofía alemana del siglo XIX, será la principal razón de ser del hombre.
El proceso ideológico que hará posible que la concepción del trabajo cambie de una manera tan drástica de un siglo a otro, puesto que este cambio se perpetuará principalmente entre los siglos XVII y XVIII, se verá ayudado de una serie de recursos no solo sociales, sino también literarios. Uno de ellos consistirá en la idealización literaria del trabajo como actividad moral.

En la poesía del siglo XVIII español vamos a encontrar cómo los moralistas españoles criticarán al aristócrata inútil, que dedica su vida a placeres hedonistas y no sirve de ejemplo de trabajo (aunque este sea intelectual). Observamos esta crítica en los versos de Jovellanos, procedentes de la sátira a Arnesto:

Ni el sudor frío, ni el hedor, ni el rancio
eructo le perturban. A su hora
despierta el necio; silencioso deja
la profanada holanda, y guarda atento
a su asesina el sueño mal seguro.

Del mismo modo, junto a esta crítica al noble inútil, se desarrollará una alabanza al campesino y al trabajador que dedica sus esfuerzos a crear una mejor sociedad, a cumplir su papel en ella con moralidad y rectitud. Este es el caso del carpintero Alfonso, protagonista del poema.  «En alabanza de un carpintero llamado Alfonso»; de Nicolas Álvarez de Cienfuegos.

Este poema forma parte de lo que consideramos neoclasicismo heterodoxo, puesto que aunque mantiene una temática dogmática y moralista, con un claro interés por la divulgación de las ideas ilustradas, se divulgará una idea aún mal vista por la ortodoxia aristocrática, como era el alabar el trabajo puramente manual, y podemos decir, “proletario”.

San José, carpintero. Georges La Tour
Del mismo modo, hay mayor laxitud en los esquemas métricos, que van a tender al prosaísmo, en este caso se recurre a una mezcla de endecasílabos y heptasílabos, además de la introducción de un léxico algo más coloquial del que se manifestaba en la lírica ortodoxa neoclásica.

En el poema, realiza un canto al obrero, en ocasiones casi revolucionario, en el que se alaba su esfuerzo sin llegar al punto de animarlo a sublevarse, como se hará en el siglo siguiente. No obstante, ciertos fragmentos parecen casi subversivos:

Fue usurpación, que la verdad nublando, A
distinciones halló do sus horrores B
se ilustrasen. Por ella la nobleza, C
del ocioso poder la frente alzando, A
dijo al pobre: soy más; a los sudores   B 

el cielo te crió; tú en la pobreza, C
yo en rico poderío, D
tu destino es servir, mandar el mío. D

Así, Cienfuegos reivindicará el papel del carpintero, que pese a que trabaja y es más moral que los nobles, no recibe más que desgracias como premio por su trabajo. Cabría añadir que la elección de la profesión del carpintero no me parece casual para iniciar la idealización del trabajo manual, sino que más bien es buscada, ya que esta figura tiene antecedentes idealizados en una de las obras literarias más conocidas en el mundo occidental: la Biblia.

En el siguiente fragmento, y a modo de colofón, reproducimos un fragmento de la obra en la que se aprecia la alabanza de Cienfuegos al carpintero:

ved entre los anhelos trabajosos,
el hambre y el oprobio sempiterno,
un Carpintero vil; inestimable
tesoro en él se encierra:
es la imagen de Dios, Dios en la tierra.     160
Es el hombre de bien; oscurecido
en miseria fatal, nubes espesas
su virtud anublaron, despremiada
su difícil virtud. Si enardecido
de la fama al clarín arduas empresas     165
obra el héroe, su alma es sustentada
con gloriosa esperanza;
mas la oscura virtud ¿qué premio alcanza?



jueves, 29 de mayo de 2014

Cómo somos, cómo nos vemos y cómo nos ven. Cadalso y sus cartas marruecas.

La objetividad no existe, es un hecho. Sin embargo, una suma de subjetividades siempre nos dará una panorámica más amplia sobre lo que vivimos, sentimos o pensamos. A la hora de analizar nuestras costumbres nacionales, ser objetivo y nacional parece difícil, puesto que quien mantenga una postura u otra será acribillado por sus cohabitantes que se encuentren en desacuerdo con ellas. La opinión del extranjero, del que ve las costumbres desde cierta perspectiva y sin estar implicado en ellas, vale en este caso mucho más, y en ocasiones su opinión será de mayor calado.


Esta afirmación es válida tanto para nuestro momento actual como para cualquier otro, y parece que la apreciación de que la crítica foránea – especialmente en nuestra España tan dada a los enfrentamientos de dos opiniones que se desacreditan entre sí sin buscar consenso- es, por lo general, más escuchada por no encontrarse en ninguno de los bandos ideológicos españoles ya era conocida por el gaditano José de Cadalso (1741-1782).

Por ello, decidió articular su crítica de costumbres españolas por medio de un juego ficcional consistente en el intercambio de cartas entre un español, Nuño Nuñez, y dos marroquíes, que responden al tópico “puer-senex”,  Gazel y Ben Beley. Gazel recorre España y va compartiendo sus impresiones con los dos destinatarios de las cartas, que le darán su opinión ante las costumbres hispanas, para ellos desconocidas.

Tras este entramado ficcional se esconde, por supuesto, una crítica de costumbres en ocasiones muy duras, y en otras totalmente aplicables a nuestra sociedad actual. En una semana como esta, en que la resaca electoral de las elecciones europeas aún no nos abandona, he querido seleccionar como uno de los textos de más rabiosa actualidad que componen las Cartas marruecas la carta LI, que reflexiona sobre la política. Así comienza la carta:

“Política viene de la voz griega que significa ciudad, de donde se infiere que su verdadero sentido es la ciencia de gobernar los pueblos, y que los políticos son aquellos que están en semejantes encargos o, por lo menos, en carrera de llegar a estar en ellos. En este supuesto, aquí acabaría este artículo, pues venero su carácter; pero han usurpado este nombre estos sujetos que se hallan muy lejos de verse en tal situación ni merecer tal respeto.”

Sigue Cadalso, a través de sus personajes, calificando a estos políticos que creíamos solo sufrir nosotros, pero que parecen tradición arraigada en España:  

“Políticos de esta segunda especie son unos hombres que de noche no sueñan y de día no piensan sino en hacer fortuna por cuantos medios se ofrezcan. Ni quieren, ni entienden, ni se acuerdan de cosa que no vaya dirigida a este fin. […]Desprecian al hombre sencillo, aborrecen al discreto, parecen oráculos al público, pero son tan ineptos que un criado inferior sabe todas sus flaquezas, ridiculeces, vicios y tal vez delitos.

 Sorprende, y mucho, leer estas opiniones referidas a un mundo que si pareciera diferente al nuestro, resulta ser igual es sus flaquezas. Ya Cadalso supo ver este mal endémico que acusa el político español, si no mundial, ávido de dinero y de poder.

Ante una obra ensayística como esta, de la que solo destacamos un ejemplo de todas las muchas valoraciones que sobre su época realizó el autor y que en su mayoría se pueden aplicar a lo universal, solo podemos recomendar su lectura para aprender un poco más de nosotros mismos por medio de la mirada nueva de Gazel, que parece no envejecer, o quizás son nuestros problemas los que nunca mueran.