Si
hay un periodo en la literatura española que sea más conocido por sus clichés
que por lo que realmente supuso como sistema ideológico ese es el Romanticismo.
Y es que, cuando uno piensa en lo romántico automáticamente vienen a la
mente postales perfumadas, claveles y poemas edulcorados, pero la realidad
dista mucho de esta idea que comúnmente se ha popularizado sobre el escritor
romántico. Al
contrario de todo ello, el Romanticismo, entre otras muchas estéticas como el
gusto por la recreación histórica y los lugares exóticos, presenta cierta
fijación por lo oscuro y fantasmagórico, aquello que podríamos calificar como
gótico.
La literatura gótica nunca fue especialmente cultivada en España, sino
que más bien surgió en países del norte de Europa, sobre todo en Inglaterra, y
desde allí se fue difundiendo. No obstante, su éxito ha sido rotundo, en el
siglo XIX y todavía en la actualidad, razón por la cual ha popularizado una
iconografía que para nada nos es ajena: paisajes sombríos, bosques tenebrosos,
ruinas medievales y castillos con sus respectivos sótanos, criptas y pasadizos
bien poblados de fantasmas, ruidos nocturnos, cadenas, esqueletos, demonios o
vampiros.
Toda
esta estética fantasmagórica llegará a España desde Inglaterra -Lord Byron
será el principal exponente- e influirá tanto en los gustos y modas de la época
como en algunas de las obras, si se me permite el término, más “taquilleras”.
De este modo, si realizamos una rápida radiografía de la época descubrimos que
el público debía demandar este tipo de historias de ambiente tenebroso, pues
van a pulular entre todos los géneros literarios, pero con especial fuerza
entre los más populares, como serán el cuento o la poesía narrativa –no
olvidemos que su principal medio de difusión era la prensa, y por
lo tanto su público pertenecía a la clase media lectora.
Será
en este momento en el que se retomen todas las supersticiones que habían
quedado impregnadas en el pueblo español pese a los vanos intentos de los
ilustrados por erradicarlos con la luz de la razón. Y será quizás por la
representación de todos estos miedos atávicos, que el ser humano siempre ha
tenido y que durante un siglo no habían sido apenas representados en literatura,
por lo que esta literatura gustará y mucho entre todas las clases sociales
españolas.
Ejemplos
de esta literatura romántica tenemos muchos, pero destacaremos dos por las
concomitancias que entre ellos se observan: El estudiante de Salamanca,
magistral poema narrativo de José de Espronceda, y
otro quizás más desconocido para el público, El aparecido, cuento publicado en el periódico “La mariposa” en
1839, del cual se desconoce su autor.
En
El estudiante de Salamanca se desarrolla el “mito del Don Juan”, que ya había
sido perpetuado en otros antecedentes literarios como la leyenda de Lisandro.
Acudiremos junto a Felix de Montemar, seductor indómito, a su propio entierro,
guiados por la calle del ataúd por una víctima de sus seducciones, Elvira, o
mejor dicho su fantasma.
Lo
fantasmagórico en esta leyenda en verso es evidente, tanto es así que se puede
considerar el mejor ejemplo de literatura gótica española, y será en su final
cuando se despliegue toda una serie de recursos temáticos y retóricos para
aterrar al lector con la visión de la calavera de la muerta Elvira, que por fin
besa a Montemar antes de condenarlo a los infiernos.
Así,
salvando las distancias, encontramos un ambiente espectral y oscuro muy
adecuado para este tipo de relatos, en los que la nocturnidad es condición sine
qua non para el desarrollo de la acción. La ambientación de El estudiante de
Salamanca nos sitúa en el siguiente espacio:
Era
más de media noche,
antiguas
historias cuentan,
cuando
en sueño y en silencio
lóbrego
envuelta la tierra,
los
vivos muertos parecen,
los
muertos la tumba dejan.
De
la misma forma, según se afirma en el cuento publicado en “La mariposa” el
fantasma solo aparecerá “A ciertas horas
de la noche, cuando el resplandor se volvía triste y blanquecino”.
![]() |
"Las puertas del infierno", Auguste Rodin. |
Sin embargo, las diferencias en el papel
de los actantes serán llamativas, puesto que podemos señalar un paralelismo
cruzado entre los personajes de ambas obras, que se asimilarán, en cierto modo,
con el cielo y el infierno. Tanto en una como en otra obra encontraremos una
víctima y un diablo, pero sendos papeles están contrapuestos.
Mientras que en El estudiante de
Salamanca el fantasma de Elvira será una pobre alma vagabunda que
busca el ajuste de cuentas con Don Félix –al fin y al cabo el restablecimiento
de una justicia moral-, el fantasma de El aparecido será una
criatura diabólica, malhechora e inquietante que atacará a sus antiguos
convecinos.
De la misma manera, en El
estudiante de Salamanca el diablo será terrenal y hará sus fechorías
en este mundo terreno, siendo una de muchas la causa de la muerte de la joven
Elvira, a la que deshonró y abocó al suicidio. Las víctimas de El
aparecido serán el conjunto del pueblo, que asiste aterrorizado a los
sucesos paranormales que ocurren tras la repentino muerte de un señor que muere
en pecado.
Finalmente, será la moral cristiana –el
juicio final, ya sea en su versión terrena o en la espiritual– la que haga
justicia entre las víctimas y desencadene un desenlace en el que, pese al halo
de misterio que se sigue manteniendo, pues todo aparece narrado como si de una
leyenda se tratara, el orden justo y natural se restablezca.
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